LA TORRE DE SEÑALES. LA JACULATORIA DE TORRE DE LA CIUDAD.

En los últimos siglos, la silueta de la ermita y de la torre de señales de Torreciudad, en la pared escarpada que caía al río Cinca, fue la constante. El médico José Cardús escribía en el año 1955: “Trasponed los primeros metros, adentráos en el sendero, y podréis admirar, a los pocos minutos, la airosa silueta del único torreón existente, sobre la cúspide de una escarpada roca, que baña el río Cinca. La vista abarca agrestes peñascos, sierras bravas, y… ni un árbol”. Mucho cambiaron las cosas en veinte años, con un nuevo santuario y con un arbolado que se plantó entonces y constituye en la actualidad una masa arbórea estupenda. Pero continúa en su sitio la torre de señales, de época medieval, mudo testigo de la importancia que tuvo este enclave para la defensa del territorio. Hay una línea defensiva que se puede seguir de castillos, rodeados de pequeñas torres de señales. Hoy en día se conserva bien y es muy visitada la torre de Abizanda, como lo es el castillo de Aínsa.

Junto a los castillos o a las torres de vigilancia, se construyeron capillas, iglesias o ermitas. Pensemos en un lugar muy próximo, La Puebla de Castro. El poblado originario, donde el castillo de Castro del cual quedan las ruinas, se conserva bien la iglesia románica. En Torreciudad, al lado de la torre de señales, se levantó la ermita con la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad. Era un elemento de cristianización evidente, que hizo que la gente acudiera con cierta regularidad y en los últimos siglos, también en comunidad. Las peregrinaciones de los pueblos, las peregrinaciones parroquiales, fortalecían el sentido de comunidad. La gente rezaba en la ermita o permanecía en la plaza y en la cara que da a la ermita. En la otra parte quedaban las caballerías.

Pasado el impulso de la Reconquista, la torre de señales dejó de cumplir su finalidad principal. Sirvió únicamente para ayudar a distinguir la ermita de Torreciudad, a dar a ese paraje agreste y solitario una estampa inconfundible. Bien pensado, es la razón del nombre de esta advocación, turris Civitatis, torre de la Ciudad. Cuando se reza el santo rosario en el santuario, se puede recitar la jaculatoria Torre de la Ciudad. Que no es otra que la Santísima Virgen, la verdadera torre de señales que nos indica el camino que lleva a su Hijo.

SAN JOSEMARÍA, FONZ Y SAN JOSÉ.

Es frecuente que los padres pongan a sus hijos su nombre y también lo es que pongan el nombre del abuelo. Si pensamos en el fundador del Opus Dei, se ve con claridad que hay una continuidad en el nombre José. Lo lleva su bisabuelo José Escrivá Manonelles, natural de Balaguer (Lérida), que se fue a vivir a Perarrúa (Huesca). Allí se casó y tuvo entre otros a José Escrivá Zaidín (1825). Este se casó con una de Fonz (Huesca) y se estableció en dicha localidad. Allí le nacieron varios hijos, entre otros Josefa Mariana (1856) y José Escrivá Corzán (1867). Este último se casó con la barbastrense María Dolores Albás, con la que tuvo varios hijos, entre ellos a Josemaría.

San Josemaría nació en Barbastro el 9 de enero de 1902. Se le bautizó cuatro días más tarde en parroquia de la Asunción de Nuestra Señora de Barbastro y se le impusieron cuatro nombres: José, como su padre; María, como su madre; Mariano por su padrino y Julián por ser el santo del día. De pequeño, san Josemaría solía responder cuando le preguntaban su nombre, que se llamaba José, como su padre.

Resulta evidente que la devoción a san José se hallaba arraigada en la familia. Además, formaba parte de la piedad personal y familiar de sus componentes. Esta devoción no era ajena a lo sucedido en el conjunto de la Iglesia Católica durante el siglo XIX. Señalaremos únicamente tres cosas. La primera, la concesión de indulgencias que el papa Gregorio XVI concedió en 1836 a los fieles que practicaran la devoción de los “Siete dolores y gozos de San José”. En España se vivían en aquellos años momentos de zozobra y violencia. En segundo lugar, la consagración del mes de marzo a san José, realizada por el papa Pío IX, en 1875. La tercera, el nombramiento de san José como patrono de la Iglesia Católica en 1879, también por parte de este romano pontífice.

Nos podemos preguntar si en la villa de Fonz existía devoción a José en los años en los que san Josemaría más la visitó, su infancia y juventud. También si esta devoción era firme y arraigada cuando vivió su padre allí, desde su nacimiento en 1867 hasta su marcha a Barbastro en 1887/1892. La respuesta es afirmativa. Deseamos mencionar en esta ocasión un dato que nos ofrece Joaquín Manuel de Moner y Siscar (Fonz, 1822), quien fundó el Establecimiento Cerbuna en Fonz donde estudiaron los hermanos Escrivá y también José Escrivá Corzán. Pues bien, en un opúsculo que publicó Moner en el año 1874, titulado Biografía, novena y gozos que al patriarca san José esposo de María Santísima dedica el Dr. D. Joaquín Manuel de Moner, se lee: “Mas para Fonz que tiene arraigada su devoción á San Josef, para esta Villa que tiene su cofradía josefina, su ermita llamada san José del Monte en las afueras de la misma, que tiene altares dedicados á su augusto nombre…”

Novena, gozos, cofradía y ermita. Efectivamente, la ermita de San José se sigue conservando y es objeto de la devoción de los foncenses, lo mismo que lo fue en el siglo XIX y comienzos del XX.

LOS GOZOS DE NUESTRA SEÑORA DE TORRECIUDAD.

Han llegado hasta nosotros diferentes gozos que se cantaban a la Virgen, entre ellos los de mediados del siglo XIX: «Gozos a la prodigiosa imagen de Ntra. Sra. de Torre-Ciudad venerada en los términos del pueblo de Bolturina P.E.D. Diócesis de Barbastro en el reino de Aragón especial abogada contra el mal de Corazón y alferecía. G.A.E.»

Comienzan así:

«Pues que vuestra gran piedad / siempre atiende al desvalido, / consolad al afligido / Virgen de Torre-Ciudad.

Vuestra Imagen peregrina / que á ampararnos os empeña / se halló bajo de una peña, / no lejos de Bolturina. / la tradición nos inclina / a creer esta verdad;

Consolad al afligido, etc.

Desde los años de mil / ochenta y cuatro cavales / os mostrais á los mortales / cual prudente Abigail, / vuestro templo es el redil / donde hallan seguridad.

Está clara la idea de piedad/misericordia de la Virgen, que atiende a los que acuden a Ella, desvalidos, afligidos. De manera especial todos aquella que sufren del mal del corazón y de la cabeza. Y otra cosa muy importante, la lucha contra la desesperanza, ante los muchos pecados cometidos.

La gente de la comarca se conocía de memoria los gozos de la Virgen de Torreciudad, que cantaban siempre que subían a la ermita de manera individual o colectiva. No faltaba nunca el rezo del santo rosario y el canto de los gozos. También hoy, en la fiesta de la Virgen, después de celebrada la santa misa en el santuario, se baja a la ermita rezando el rosario, se entra y se cantan los gozos. Posteriormente tiene lugar el pesaje de niños en el exterior de la ermita, tradición recuperada desde el año 2001.